Los otros terremotos

Por: Cecilia Monge

Los chilenos, habitantes de este país de catástrofes, no nos acostábamos ni nos levantábamos esperando la próxima erupción, un nuevo golpe o el siguiente terremoto, porque nadie espera la propia muerte aunque vivamos rodeados de ella. No. Para conservar algo de nuestra deprimida cordura, aprendimos a vivir como si nada de esto pudiese pasar, repitiéndonos permanentemente que estábamos protegidos. Protegidos por la solidez de nuestra democracia, por el funcionamiento de nuestras instituciones o por nuestro auto-elogiado carácter nacional.

Y luego el terremoto. El impacto de una desgracia intempestiva. La angustia, la incomunicación. El verdadero miedo de enfrentar, otra vez, nuestro destino de tragedia.

Y luego el desastre, el día después. La desolación tras la destrucción. La pobreza desnuda. Los hombres llenos de incertidumbre y actos viscerales. Nuestra fragilidad marcada en las imaginadas caras de los cuerpos bajo los escombros o arrastrados por el mar.

Y luego el tiempo. Aún con el estómago revuelto y la tensión incesante de esperar otra desgracia, reconocernos aún vivos. Volver a comunicarnos, comenzar a dimensionar, a racionalizar y a movilizarnos para empezar a ayudar.

Y finalmente la reconstrucción. Comenzamos a dejar de sentir el miedo y empezamos a sólo a recordarlo. La emoción fue reemplazada por el deber moral y nos impusimos cuotas diversas de sacrificio personal, una donación, un trabajo voluntario, unas lágrimas frente al reportaje humano de un canal de televisión.

Desde esa racionalidad moralizada ya hemos comenzado la reconstrucción y lo que yo quisiera es que en este proceso no nos volviésemos a castigar con los golpes que siempre acompañan las desgracias. Los otros terremotos.

Nunca es demasiado tarde para alertar acerca del peligro del terremoto ético de lucrar con el dolor. Aunque los medios de comunicación masivos ya nos deleitaron con sus shows de saqueos y llantos, todavía están quienes intenten sacar provecho político o económico de la desgracia. No es mi intención apuntar con el dedo, pues creo que todos debemos estar en alerta permanente ante estos comportamientos y repudiarlos activamente en cada conversación, post, tweet, encuesta, voto y elección de compra.

En el mismo sentido, no dejemos que la catástrofe lo justifique todo. Muchas veces los humanos hemos visto como en nombre de un bien mayor se ha hecho un mal mayor. Las autoridades, los medios y otras personas pueden pedir nuestra comprensión y paciencia, pero no debemos desvestir un santo para vestir otro intercambiando un derecho a cambio de una ganancia en post de la reconstrucción. Me preocupan especialmente los derechos laborales y la dignidad de las remuneraciones, reconstruir en base a la precarización de las condiciones de trabajo de las personas, sólo nos traerá un terremoto social mayor en el mediano plazo.

A pesar de lo anterior, cuidémonos de herirnos, del terremoto kamikaze. Intentemos determinar las responsabilidades en las negligencias, pero no nos transformemos en perros hambrientos de culpa y castigo a los demás. Condenemos éticamente los actos y no a las personas, reconociendo los errores de otros o nosotros mismos siempre con compasión porque el espiral de la venganza y la autoflagelación puede ser doloroso, infinito y estéril.

Por último, velemos por no crear el peor de los terremotos, el de perder esta oportunidad. Sé que muchas personas, analistas, políticos, periodistas y ciudadanos a pie, tienen miles de ideas acerca de cómo reconstruir un país mejor y no creo poder superarlos en ese terreno. Sin embargo, quisiera que pudiéramos aprovechar esta catástrofe en primer lugar para valorar lo que tenemos, ya no engañándonos con nuestra supuesta invulnerabilidad, sino en forma más humilde, más real; y en segundo lugar, me gustaría que pudiésemos pensar y diseñar un plan de desarrollo a largo plazo que se haga cargo de las aspiraciones de todo nuestro país, especialmente de los siempre olvidados -las regiones, las mujeres y los pobres- y que contuviera derechos y obligaciones para todos, a cada cual según su necesidad, y cada cual según su capacidad.

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